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Notas: Morir en La Paz

Luis “Cachín” Antezana.

Salamandra, Bolivia, 2004

No faltan, aunque son pocas, las novelas foráneas ambientadas o tematizadas en Bolivia. Morir en La Paz (Barcelona, Umbriel, 2003) de Bartolomé Leal es una de ellas.

Morir en La Paz es una novela policial “negra”. Empieza como una policial a enigma, de esas en la que el detective es contratado para resolver el misterio de un crimen, pero, rápidamente, la sangre reemplaza al enigma cuando aparecen dos asesinos a sueldo, que se encargarán de motivar las varias muertes violentas que suceden en la novela —las suyas incluidas. Como indica el título, el escenario privilegiado de esta novela es la ciudad de La Paz, aunque parece también que su lógica contextual obedeciera al sistema escalonado de los ayllus andinos, pues, siguiendo la misma trama, el relato se desplaza desde el Altiplano hacia los Yungas, luego a los Valles (Cochabamba) y, desde ahí, hasta el Trópico (Chapare), para, finalmente, volver a La Paz. Entre otros, el hilo blanco de la cocaína guía los desplazamientos en esta novela policial “negra”.

 Aunque todas las referencias en esta novela son bolivianas —excepto, yendo a detalles, el origen de los asesinos a sueldo—, Morir en La Paz es parte de la literatura chilena, más precisamente, del género policial en esa literatura. Dentro de esa literatura y ese género, la obra de Bartolomé Leal ha sido caracterizada, a menudo, por su atención “antropológica” ante los contextos que utiliza. Su novela Linchamiento de negro (Santiago, Linterna Mágica, 1994), contextualizada en Kenia, fue el primer ejemplo de esa característica suya (1). Supongo que, para ojos lectores chilenos, las novelas de Leal algo tienen de “exótico”, pero, por otro lado, ese posible exotismo no les parece gratuito (arbitrario) y, de ahí, la “atención antropológica” que le reconocen. Los lectores bolivianos de Morir en La Paz reconocerán, sin duda, el alto grado de precisión de sus referencias, aunque, claro, como en toda ficción, aquí también “los sucesos narrados no necesariamente son reales”.

En el relato, pocos protagonistas y aun personajes secundarios salen bien librados en una trama que, a lo lejos, implica una anónima red criminal asociada al narcotráfico. No sólo el detective Melgarejo debe pagar en heridas y delirios su intento de resolver un crimen para su amigo Machicao sino, también, por el otro lado, hasta uno de los criminales a sueldo debe pasar por graves heridas y fiebres tropicales, amén de una fuga en persecución por los caminos del Chapare, antes de encontrar la justicia (el ajusticiamiento) que, a su manera, anduvo buscando en sus últimas decisiones, ya más allá de los contratos de su sucio (y peligroso) “trabajo”.

 Eso sí, si pasamos del relato a la narración, hay un protagonista que, sin duda, resulta inmune a todos los peligros y avatares de la trama. Me refiero a la ciudad de La Paz que contextualiza buena parte de la novela. Desde la ciudad como reflejo del cielo  estrellado que impacta, desde El Alto, toda llegada y descenso nocturnos hasta las múltiples sociedades y culturas que  se articulan en la Fiesta del Gran Poder, pasando, por supuesto,  por los laberintos y vericuetos de su peculiar orografía  (la Muela del Diablo y el río Choqueyapu incluidos), con  detalles sobre su vida cotidiana y nocturna, La Paz de Morir en La Paz más que un escenario es un complejo personaje que motiva los momentos más explícitamente  literarios de esta novela.

 ¿Qué quiere decir esto de “más explícitamente literarios”? Quiere decir dos cosas. Por un lado, al tratar La Paz, Leal no se limita a “reproducir” o “representar” la ciudad sino también, como es fácil notar en las adjetivaciones y valoraciones que acompañan las descripciones, la puebla de imágenes y comparaciones, buscando destacar —¿contagiar? — su curiosa —por diversa— particularidad. Un ejemplo tomado, casi, al azar:

“El concepto de que una ciudad es eterna se siente en pocos lugares de manera más intensa que en La Paz. Su topografía insensata hace que la ciudad esté plagada de rincones absurdos, de pasajes misteriosos, de calles que no llevan a ninguna parte (o a un precipicio o a un torrente), de edificaciones a medio construir debido a un derrumbe, de casas ruinosas eternizadas porque mantienen un equilibrio que si se rompe pueden llevar a la catástrofe […] ¿cómo se pudo hacer aquí una ciudad que es distinta pero también igual a otras ciudades?” (: 182).

 Eso, por un lado, y, por otro, tenemos una explícita referencia —¿homenaje? — a uno de los textos arquetípicos en lo que a perseguir el sentido de La Paz se trata. Me refiero a l novela Felipe Delgado de Jaime Sáenz (cf., por ejemplo, 84-87, 95). Durante un delirio, consecuencia de su herida en una balacera con los asesinos profesionales, el detective Melgarejo comparte algunos momentos de alucinación con personajes de Sáenz y, entre ellos, hasta esperan al propio Felipe Delgado. Más aún, un saco de aparapita no sólo protegerá, luego, al detective sino, en la escena final de la novela, éste recuperará dicho saco antes de volver a sus labores cotidianas en los talleres de su imprenta en la calle Carrillo. Además, dicho sea de paso, para el detective Melgarejo, Felipe Delgado es su “novela preferida” (:  87). Desde el título, entonces, La Paz es uno de los principales protagonistas —textual como intertextualmente— de esta novela.

Las literaturas son, en rigor, más idiomáticas que nacionales —todo hispanohablante puede presumir de El Quijote o “El jardín de los senderos que se bifurcan”—, pero, también es innegable que se las suele articular por países, aunque, temáticamente, no existen límites al respecto. Imitando a Octavio Paz que, por el tema y el tratamiento, incorporó alguna vez Bajo en volcán de Malcolm Lowry en la novela mexicana, podríamos prestarnos esa iniciativa para “nacionalizar” Morir en La Paz como parte, por ejemplo, de la novela urbana desarrollada en torno a La Paz. Esta posibilidad es, ciertamente, sólo un juego y sólo quisiera ayudar a subrayar la precisión referencial y literaria con la que Bartolomé Leal trata el escenario de su novela. 

No hay que tender muy rápidamente este tipo de puentes porque no creo que la literatura inglesa le ceda, por razones temáticas, Hamlet a la literatura danesa o Romeo y Julieta a la italiana.

(1). Coherentemente, Leal utiliza detectives locales, es decir, buenos conocedores del medio, en sus historias:  Tim Tutts en Linchamiento de negro e Isidoro Melgarejo Daza en Morir en La Paz.